La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió en 1946 la salud como “el estado de completo bienestar, físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades”. Sin embargo, hoy en día la salud se ha convertido en un negocio que beneficia mayormente a quienes producen y comercializan los medicamentos, la industria farmacéutica. Pero las multinacionales farmacéuticas como Pfizer en Estados Unidos o Almirall en España no son las únicas responsables del consumismo desenfrenado y abusivo de medicamentos. Aunque desde la Administración tampoco se hace nada para evitarlo ni establecer un control sobre el desarrollo de esta industria, ¿deberíamos preguntarnos si realmente es necesario consumir tantos fármacos a diario? ¿La sociedad es cómplice de este negocio sanitario?

Por Janira Gómez y David Muñoz

El desgastado Sistema Nacional de Salud

Resulta de lo más normal ir al médico con frecuencia y ver que a cada esquina de nuestras calles hay numerosas farmacias a nuestra disposición. Pero tal vez, no seamos del todo conscientes de esta fortuna. Nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS), creado en 1986 mediante la Ley General de Sanidad, ofrece prestaciones sanitarias públicas gestionadas entre la Administración y las Comunidades Autónomas, las cuales están cohesionadas por el Consejo Interterritorial del Sistema SNS, encargado de garantizar que todos los ciudadanos tengan derecho a una buena atención sanitaria.

Durante años, esta cobertura social y el acceso a medicamentos con receta ha sido envidiado por muchos países y ciudadanos. De hecho, bien sabido es que muchos turistas extranjeros venían a España para tener asistencia sanitaria gratuita y practicaban el famoso ‘turismo médico’. Pero las cosas han cambiado y el contexto actual de crisis económica ha evidenciado un primer síntoma: el sistema de salud se está ahogando por su tradición y los recortes. Necesita redefinirse. El Gobierno del Partido Popular (PP) considera que es insostenible y que, por tanto, la solución está en exigir más a los ciudadanos (ya no basta con la financiación mediante impuestos).  Con el Real Decreto Ley 16/2012 de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del SNS, el Gobierno ha pasado de la universalidad al modelo de aseguramiento, al copago del 10% por parte de los pensionistas y a la exclusión de jóvenes, parados e inmigrantes.

De este modo, busca una mayor eficiencia del sistema. ¿Pero es la privatización y es quitando a los pensionistas la gratuidad de la prestación farmacéutica la solución para consumir menos fármacos y ayudar al sistema? ¿Tenemos la culpa del consumismo desenfrenado y la vida sanitaria que hemos llevado hasta el momento? ¿Por qué no se ajustan las dosis de medicina y se exige un mayor control a los laboratorios farmacéuticos? ¿Por qué no se desinvierte en lo que no añade salud, como por ejemplo, el gran financiamiento de fármacos que no suponen una mejora sobre lo que ya existe en el mercado?

Los envases de la mayoría de fármacos que se recetan contienen más dosis de las que el tratamiento requiere y terminan sin usarse creando el famoso botiquín de medicinas de casa. Evitando esto, se podría ahorrar en farmacia, bajar el precio de los tratamientos, desperdiciar menos medicamentos y ese ahorro podría destinarse a otras áreas. Pero no se actúa porque en el marco de la industria farmacéutica se mueven más beneficios que esperanzas por encontrar medicamentos que curen enfermedades. Actualmente, la burbuja de salud en la que vivíamos ha explotado y resulta necesario un replanteamiento del uso que se ha hecho hasta ahora.

Medicalización excesiva 

El alto grado de medicalización es quizás unos de los ejes centrales de la situación actual. Es decir, muchos problemas de la vida cotidiana se convierten en problemas médicos y lo que es más importante, son tratados y remediados desde la medicina química (fármacos) cuando tal vez no seria necesario. “Muchas enfermedades son médicas pero no necesariamente farmacológicas”, asegura la médica, teóloga y monja benedictina catalana Teresa Forcades. Por ello defiende que antes de tomar un frenadol para solventar un resfriado, se debería optar por una medicina natural o una simple infusión. “Dar pastillas para todo es un auténtico error”, sentencia. Forcades ha manifestado públicamente su rechazo a las empresas farmacéuticas en varias ocasiones por ser el causante del excesivo consumo, por financiar campañas políticas y por invertir más en publicidad que en Investigación Desarrollo e innovación (I+D+i).

Fernando Florit lleva veinte años vendiendo medicamentos. Es farmacéutico y tiene su propia farmacia en Cala Blanca, una urbanización menorquina. Cada día observa cómo la gente desestima los medicamentos: “En España el fármaco está banalizado por la facilidad que supone ir al médico”. Al haber el servicio sanitario público, aunque hoy recortado, “la gente va al médico por cualquier chorrada –critica Florit– y “este médico la mayoría de veces receta un medicamento”. Conchi también vende medicinas, en este caso naturales. Tiene una tienda en El Prat de Llobregat, ‘Força Vital 3’, donde recibe a gente que busca otra alternativa a los fármacos y que prefiere cuidar su vida de la forma más natural. Como Florit, Conchi también cree que el excesivo consumo de medicamentos tiene dos focos importantes: la permisividad del médico y el poco sacrificio de la sociedad actual.

¿Conclusión? Según un estudio de la Fundación Farmaindustria  (Asociación Nacional Empresarial de la Industria Farmacéutica  de España), por cada 100.000 habitantes españoles, 43.198 son consumidores de medicamentos, es decir más de un 40% de la población.

Publicidad: Ibuprofeno para todos 

Félix Lobo es catedrático de economía de la Complutense de Madrid, experto en industria farmacéutica y fue director general de farmacia y productos sanitarios del Ministerio de Sanidad (1983-1988). Antes de asumir el cargo, en 1980, decía en su artículo ‘La publicidad en la indústria farmacéutica’:

“En casi todos los paises capitalistas, la publicidad farmacéutica responde a un patrón uniforme, congruente con la estructura general de sus sociedades y con la particular del mercado de medicamentos. Esta propaganda sirve fundamentalmente, conviene recordarlo, a la consecución del máximo beneficio. Pero por las peculiaridades de los servicios sanitarios y de la industria farmacéutica dicha maximización implica condiciones monopolísticas extorsionantes para el consumidor y le impone un autentico sistema de desinformación con altos costes sociales en términos de no salud. Efectivamente, la publicidad es aquí un elemento monopolistico fundamental. Esto, por definición, significa precios altos, beneficios extraordinarios y/o restricciones en la producción e inadecuada asignación de recursos”.

El gasto por campañas de publicidad y márketing de las farmacéuticas a veces supera la inversión en Investigación y Desarrollo. El negocio de estas empresas que fabrican medicamentos gravita en “convencer” a los médicos y a los ciudadanos de que su producto (que a priori puede ser muy parecido al de otra marca) es el mejor. Eso se consigue con publicidad y con la figura del visitador médico. Este comercial farmacéutico se dedica a visitar a los médicos “para venderles la moto”. ¿Y en qué medida los visitadores ejercen presión sobre los médicos? “Es brutal como los apretan, después hay médicos que ceden o no”, afirma Fernando Florit. Conchi va más allá de la opinión del farmacéutico: “Es un chantaje en toda regla porque a cambio de vender el medicamento de la empresa, el médico puede recibir recompensas”.

Esto hace que, según el experto Félix Lobo, “el médico tenga un número determinado de fármacos con los que es capaz de ejercitar su profesión”. En otras palabras: que para un catarro siempre recete X; para dolor de cabeza, siempre P; y para gripe, siempre A (valga la casualidad). El Ibuprofeno en España es quizás el ejemplo paradigmático de esta realidad. “En los últimos tres años, desde la tienda he podido observar que había una tendencia a dar ibuprofeno a todo el mundo y para todo”, asegura Conchi. ¿Porqué? Cuando les preguntaba a sus clientes decían: “nada, que me duele un poco el codo y me han dicho que me acabe la caja de Ibuprofeno. Una caja contiene 60 pastillas y a lo mejor con cuatro pastillas esa persona ya tendría suficiente”.

Con este panorama, las grandes multinacionales, que tienen más capacidad para invertir grandes cantidades de dinero en promoción, son las que acostumbran a recibir más ingresos y por tanto, más beneficios. Son las que ganan la batalla de la persuasión del médico para que éste recete a la población determinados medicamentos. Y así, el hecho de que se venda siempre su producto alimenta el gran monopolio que rodea la industria farmacéutica.

Este mercado que domina la industria farmacéutica se alimenta de la promoción y comercialización de novedades terapéuticas. No obstante, menos de una cuarta parte de los nuevos fármacos que salen al mercado son innovadores o eficaces, simplemente aparecen para sustituir el espacio económico que dejan otros con patentes próximas a expirar o que ya han expirado, lo que significa una menor rentabilidad de negocio. Y este hecho supone un gasto sanitario realmente insostenible para la economía y presupuesto de un país. Si ese dinero no se destinara a la renovación de fármacos se podría usar para mejorar el sistema, el servicio que reciben los ciudadanos y en investigación. ¿Por qué los organismos gubernamentales lo permiten en lugar de controlar este sector económico?

Monopolio, sí, pero también salvavidas 

Los beneficios astronómicos de las farmacéuticas obviamente no suelen sentar bien entre la sociedad. Muchos critican estas empresas por el monopolio existente, por la poca dedicación a los países subdesarrollados y por priorizar el negocio antes que la salud. Este es el lado oscuro que muy bien argumenta Teresa Forcades en el monográfico “Els crims de les grans companyíes farmacèutiques” (“Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas”), en el cual muestra de forma detallada y documentada cómo estas compañías hacen auténticas barbaridades con el simple afán de ganar y ganar dinero.

Ahora bien, “que la esperanza de vida esté entorno a los 80 años hoy en día [en los países desarrollados] es, en parte, gracias a los laboratorios farmacéuticos”, aclara el farmacéutico Florit. En opinión de Florit, también deben tener un importante reconocimiento porque invierten mucho dinero y, lógicamente, buscan rentabilizar esas altas inversiones obteniendo el mayor número posible de ingresos.

VÍDEO: Cómo se fabrican las pastillas


La otra cara de la moneda: la medicina natural

La medicina natural es la cara opuesta a la industria farmacéutica. Es lo que desde siempre las personas han utilizado para curarse. La opción que más se acerca a la definición de salud que propone la OMS: el bienestar completo del ser humano. Cabe decir, pero, que debe ser simplemente un complemento de los fármacos porque obviamente no puede curar las enfermedades más graves. Conchi lo justifica: “Lo mío es más lento, no es tan duro ni espectacular a la hora de curar una enfermedad porque es evidente que un infarto no lo va a curar la medicina natural, pero si la gente hiciera realmente lo que nosotros pedimos con la vía natural, no llegaría a ese infarto porque daríamos plantas relajantes o inductoras al sueño que bajaran la tensión”.

La presión que la industria farmacéutica ejerce sobre esta alternativa a lo químico es manifiesta porque ven en peligro su negocio. Como ya se ha dicho, los laboratorios farmacéuticos van a ganar dinero (para recuperar la alta inversión inicial) y, por tanto, no les interesa de ninguna manera que triunfe la vía natural. Por este motivo, desde Europa se toman medidas legales concretas para impedir el auge de la medicina natural impidiendo, por ejemplo, que personas como Conchi no puedan vender plantas medicinales con principios activos más altos que los de las farmacias.

Josep Pàmies se ha encontrado con obstáculos parecidos por el hecho de cultivar y distribuir una planta “mágica”. Es un agricultor de Balaguer que hace diez años descubrió la Estevia (stevia rebaudiana), una planta medicinal originaria del Paraguay que sirve como edulcorante natural y tiene propiedades para curar la diabetes, la ansiedad, la hipertensión, el colesterol o los triglicéridos. Aún teniendo estos beneficios, las autoridades europeas sólo han autorizado el azúcar refinado de la Estevia y no toda la planta. Pàmies ha recibido amenazas en forma de cartas y emails anónimos por cultivarla. Por suerte, estas presiones cesaron ya desde hace un tiempo pero tuvo que plantearse si seguir cultivando Estevia. “No es lógico que el alcohol y el tabaco, que matan, estén legalizados y una planta así aún no”, comenta resignado. Él seguirá vendiendo el azúcar moreno y blanco refinado de la Estevia así como la planta a través de la Cooperativa Dolça Revolució, aunque las autoridades competentes no quieran autorizarla.

La entrevista completa con Josep Pàmies en audio (catalán)

La salud de los ciudadanos debería ser la máxima prioridad de cualquier país e institución del mundo. Pero tener salud no significa no tener enfermedades, si no sentirse bien con uno mismo y saber que para ello no hace falta consumir tantos medicamentos químicos, que al fin y al cabo, quedan en nuestro organismo y debilitan nuestro sistema inmunitario.  Es evidente que existe una falta de concienciación sobre lo que supone tener al alcance medicamentos. Pero lo más grave es que, aprovechando esa debilidad, se ha alzado toda una industria farmacéutica sobre nuestros hombros que negocia día tras día con el cuerpo humano sin que las autoridades gubernamentales se preocupen de controlar sus gastos y de saber los efectos de sus productos.

Invierten más en promoción que en investigación, convencen a algunos médicos de las bondades de sus productos y sus métodos de prueba de medicamentos son dudosos. Algunos críticos van más allá y aseguran que son muchas veces responsables de nuevas enfermedades y que no les interesa buscar la curación. Sí, es cierto que si son las encargadas de producir un producto quieren obtener beneficios por ello. Además es gracias a los avances en medicina que la esperanza de vida es mayor. Sin embargo, ¿cómo puede ser que Europa tenga una esperanza de vida mayor que África? Porque ésta no puede pagar medicamentos. ¿Son tan caros? Las patentes son algunas de las armas legales de esta industria farmacéutica y que les permite vender más caro un medicamento para recuperar la inversión inicial.  Y eso demuestra que su principal objetivo es tener beneficios, que su interés está por encima del interés de millones de personas.

La industria farmacéutica seguirá siendo tan poderosa hasta que la gente no cambie, asegura Josep Pàmies: “Tenemos que perder el miedo a lo que nos rodea, a nosotros mismos y poco a poco está industria farmacéutica se desinflará y dará paso a una industria de medicina natural. Los cambios los tenemos que hacer nosotros porque los políticos no los harán”.

Si te ha parecido interesante, ¡compártelo y coméntalo aquí abajo! Puedes twittear con @IdearioRepor o seguirnos en las redes sociales. Te esperamos :-)

Sobre El Ideario Reportajes

El Ideario Reportajes Bajo la firma de El Ideario Reportajes hay Janira Gómez y David Muñoz, dos periodistas a falta de título inquietos, emprendedores y complementarios. Son los fundadores de elideario.com. Preparan los reportajes propios, las reflexiones y procuran (a veces sin éxito) que la web funcione. Su lema: en busca de la esencia periodística. Su filosofía: sembrar para recoger. En beta constante. Twitter