La principal preocupación del gobierno actual es relanzar la economía. Para esto hay que pensar, y para darle al coco hay que tener la tripa llena, no estar enfermo y tener un sitio donde resguardarse. Éstas deberían, pues, ser las prioridades de cualquier Estado. La Constitución reconoce los derechos a una sanidad pública y a una vivienda digna, pero en ningún momento pone en cuestión el derecho a la alimentación.

 

Por Pablo Bermejo

La lógica de mercado ha llegado hasta el punto que pagamos por comer. Este hecho no sorprende, pues estamos acostumbrados: es una realidad cotidiana. Cuando se tiene dinero, no hay ningún problema: se paga y ya está. El problema llega cuando no se tiene y, por tanto, no se puede comer. La lógica del sistema obliga a que, cuando no se tienen los recursos, haya gente que se vea obligada a vender su cuerpo para poder comer. Se trata de la prostitución, pero ojo, no la voluntaria, sino la de quien no tiene más alternativa.

Prohibir la prostitución es un parche inútil/ una medida hipócrita que va al síntoma, no a la raíz. Si el Estado realmente se preocupara por la población, analizaría la situación y buscaría las medidas adecuadas.
Por ejemplo, podría hacer una “nacionalización rural”, negociando directamente con las cooperativas de agricultores para asegurar la alimentación de cada ciudadano. Además, los agricultores no estarían desaventajados frente a los intermediarios de las multinacionales.

Un grupo de dietistas podría establecer lo que necesita un individuo cada mes para racionar la producción en función de los miembros de cada hogar. Sería muy diferente a la postguerra, pues en este caso se haría para asegurar unos mínimos alimenticios, y se evitaría que la población tome medidas desesperadas para acceder a la comida. De esta forma, la prostitución no tendría por qué ser ilegal y se podría ofrecer a los trabajadores de este sector ventajas/derechos, etc

Por otro lado, quien quiera consumir productos que no sean considerados como básicos, entonces que los pague. De esta forma no se eliminaría el afán de enriquecimiento y de superación que esgrimen los defensores del sistema de mercado. No se trata de hacerlo ni todo público, ni todo privado, sino de encontrar un equilibrio.

Sobre Pablo Bermejo

Pablo Bermejo Ante todo, soy y seré un lector. Empecé de pequeño, y me metí en la carrera de periodismo para explorar otras formas de expresión. Sin embargo, le he acabado pillando el gustillo al oficio del reportero. Os ofreceré pequeños aperitivos reflexivos para ir haciendo boca de los reportajes de mis compañeros. Sígueme en Twitter