Hoy es el gran día. Después de tres años de carrera nos matriculamos por última vez. Seis asignaturas, un convenio de prácticas en un medio de comunicación y un trabajo de fin de grado nos separan de obtener el ansiado título de Periodista (¡qué bien!). ¡Ah!, y 2.286’63 euros, lo que nos cuesta este cuarto curso en la Universidad Autónoma de Barcelona. Un precio disparatado para muchos estudiantes pero insuficiente para algunos políticos que creen que es una ganga de mercadillo por tratarse de una universidad pública. En 2010, cuando empezamos la carrera, la primera matrícula costó 1.301 euros. ¡Todo un chollo!

Es de agradecer que uno, a estas alturas, pueda matricularse y hacerlo tranquilamente desde su casa a través del ordenador (aunque algunos plugins Java de la aplicación fallen a menudo). Un privilegio del que no disponen los recién llegados a la universidad. En tu primer año de carrera debes ir presencialmente a realizar la matrícula, puedas o no, el día que te asignen.

Sin embargo, ese pequeño lujo se desvanece ante el cúmulo de despropósitos administrativos que rodea al proceso de matriculación universitaria año tras año (al menos en nuestro centro) y que cuesta en total unos 140 euros más. Lo más grave: que falten profesores, asignaturas y horarios por confirmar en el momento de tu elección. ¡Elige por intuición, hombre! Si total, esta matrícula es una ganga…

Como la intuición no sirve, uno tiene que leerse las tremebundas guías docentes de las asignaturas que le interesan o que suenan bien. Es, sin exagerar, para deprimirse. Como si hubieran sido hechas en plenas vacaciones, desde las mismas hamacas de cualquier playa. Repeticiones y más repeticiones, asignaturas solapadas, textos copiados y pegados literalmente y, al final, orientación, más bien ninguna. ¡A rezar!

Si recurres a la Gestión Académica de tu centro no sabe no contesta; no sabe no contesta, con una voz deprimida y ausente, como si atender a los alumnos fuera un sacrificio. “No puedo ayudarte, la única información disponible está en los horarios y puede que cambie o que no”.

Este año existe otro problema añadido, llegado de Bolonia, son las Menciones que uno puede conseguir si cursa una serie de asignaturas concretas. Eso permite acabar la carrera y no ser sólo “periodista”, sino “periodista especializado en algo”. Para tener así como más credibilidad. Lo cierto es que, al ser la primera vez que se utilizan, nadie tiene la menor idea de para qué pueden ser útiles a la práctica. Y, de momento, lo único que consiguen es generan más dolor de cabeza al intentar cuadrar los horarios.

Además de tener que cursar 6 asignaturas (todas optativas), en cuarto de grado los futuros periodistas debemos concluir nuestro aprendizaje con un convenio de prácticas en una empresa y un trabajo de fin de grado. Lo primero, sinceramente, ilusiona muchísimo a pesar del panorama. Lo segundo, tal y como se ha planteado, deprime. Los estudiantes, si no cede la facultad, no podemos escoger si quiera al tutor de nuestro trabajo. Incomprensible, ¿verdad? Así, una investigación sobre redes sociales y periodismo, podría ser adjudicada a un profesor experto en sociología o semiótica de la comunicación…

Matrícula universitaria

Dan ganas, por supuesto, de zanjar esta etapa, estos cuatro años sin progreso en los que la cuenta final duele tanto como cuando vas de veraneo a otro país y te das cuenta de que te has sentado en la cafetería más cara del barrio. Y ya no se trata sólo de una cuestión económica, el funcionamiento de la universidad (hablamos principalmente de la nuestra) se rige en la actualidad por etiquetas sin sentido. Asignaturas con nombres huecos que no son claras ni motivan; Menciones que responden más a un interés institucional y económico que al aprendizaje y enriquecimiento del alumno; profesores con pedestales asegurados que han perdido el amor por la enseñanza; y un Plan Bolonia fallido que parece que su implantación no tenga fin.

Todo ello evidencia las fracturas de nuestra sociedad. Es algo que va más allá de una simple matrícula. Cuando desde los principales lugares de saber se antepone la técnica, la productividad o la economía por encima del placer del conocimiento, la creatividad y el pensamiento libre se produce la creación de un Estado inútil. Es así de grave y directo. Un Estado ebrio y cegado que únicamente es capaz de generar valores podridos como la competitividad. No cuida a sus instituciones públicas básicas (bibliotecas, escuelas, centros de salud) ni procura el bienestar de sus ciudadanos. Por el contrario, cierra el grifo de recursos y contamina a todos sus organismos, deteriorándolos y deteriorando a aquellos que dirigen los mismos, inyectándoles pasividad y mal humor, y logra vencer. Tristemente gana. Un país en el que recibir educación es casi como que te toque la lotería es toda una ocasión para el poder. Así es difícil que todo funcione y pueda cambiar. ¡Una ganga inigualable! Esa sí que es una buena oferta y no nuestra matrícula que más que de honor es de dolor.

Sobre El Ideario Reportajes

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