Sabadell, 11 de marzo

Empujando el carrito. Ilustración de Rubén M. Y

Empujando el carrito. Ilustración de Rubén M. Y

Es la primera vez que salgo de casa con la intención de buscar a buscadores de chatarra y hablar con ellos. No tardo en encontrarlos, siempre están, y más siendo lunes a primera hora. Inmigrantes o españoles, hay de todo. Su rutina es clara: levantarse pronto, salir de casa con el carrito, buscar metal, papel y cartón en cualquier contenedor, y venderlo en la chatarrería para ganarse unas monedas y, con suerte, poder comer. Así hasta la tarde, cada día igual. Ninguno de ellos tiene trabajo y la mayoría son sin papeles. Lo hacen porque no les queda otra, hay que vivir.

Bajo por la Rambla y voy cruzando calles. Encuentro al primer buscador cerca del cruce con la Gran Vía. Es un chico joven de raza negra. La sigo para ver hacia dónde se dirige, de momento no busca, solo camina con su carro vacío. En su andadura se encuentra a otro buscador, que parece musulmán, con el que charla unos minutos y sigue su camino. No se para en ningún momento así que decido acelerar el paso y entrarle, mientras algún que otro transeúnte nos mira raro a ambos. No me entiende y no quiere hablar. Primer intento fallido.

Vuelvo atrás y veo desde lejos al chaval musulmán de antes. Me acerco, este sí quiere hablar. Se llama Munir y tiene 30 años. Es de Marruecos y llegó a España en 2005. Lleva el carro medio lleno con materiales de todo tipo que venderá en la chatarrería más frecuentada de la zona sur de Sabadell, Gespasa. “Empiezo a buscar a las 8 de la mañana y no paro hasta las 5 de la tarde”, asegura Munir. Con esa jornada puede ganar como mucho 15 euros, me dice. Tiempo atrás, cuando no había tantos buscadores como él, quizás ganaba 500 o 600 euros al mes vendiendo chatarra. Le propongo quedar otro día y charlar con calma. Me dice que lo que me ha comentado es todo. No hay mucho más, la situación es así de simple.

Sigo por la avenida de Barberá y a la altura del Passeig del Comerç me encuentro a Lamin, un hombre de unos 45 años, de Gambia. Busca “para poder comer”. Lo hace desde 2010, cuando la crisis le impidió seguir trabajando en la industria textil, la agricultura o la construcción. Como Munir, gana entre 10 y 20 euros al día. No es suficiente para pagar el alquiler del piso que comparte con tres personas más cerca de dónde estamos. Lleva gorra y va bastante abrigado pese al calor que hace. Mientras hablamos le caen gotas de sudor en la frente. Reivindica el juego limpio con la chatarra y denuncia que mucha gente robe material de empresas o mobiliario urbano para después venderlo.

Sin moverme muchos metros encuentro a Ajaj, de Marruecos, sacando algunos cartones de un contenedor azul. Ya tiene el carro lleno. Me cuenta su historia: vino a España en 2006, cuando la economía española ya no podía crecer más. Trabajó dos años en una empresa de fachadas y 3 en la construcción, pero desde hace dos no le queda otra que buscar chatarra. Lo hace con alegría y con unas gafas de sol para proteger sus ojos, muy quemados del sol y la basura. “¿Dónde vas a vender todo esto?”, le pregunto. “Cerca de la Renfe sud de Sabadell, en una chatarrería”, contesta. ¿Te puedo acompañar? Adelante.

Cada buscador tiene su carrito.

Mientras caminamos me cuenta que tiene una hija y ha de pagar un alquiler de 600 euros. Por suerte recibe la ayuda del estado de 460 euros por tener 52 años. “He hecho varios cursos de formación en el Vapor Llonch de Sabadell pero no me sirve, no encuentro otro trabajo que este”, dice. Caminamos unos quince minutos hasta llegar al polígono. Ajaj saluda a otros buscadores por el camino. Todos se conocen. Uno de ellos es español. Intento hablar con él pero me esquiva, no quiere apenas mostrar su cara y mucho menos decirme su nombre. Le pregunto si puede explicarme su historia y responde esto: “Mi historia no es para contar, es para llorar”. El hombre, catalán, trabajaba también en la construcción y, al parecer (por lo que me dice Ajaj), tuvo que cerrar su empresa. Es el menos simpático de los que he hablado. Se le nota molesto con la presencia de inmigrantes: “Por cada 100 españoles que buscan como yo, hay 500 negros”.

Ajaj, a la derecha, cargado de materiales

Cuando llegamos a la zona donde están las chatarrerías aparecen muchos buscadores. Todos venden el material en la misma empresa, la gestora integral de residuos Gespasa cuyo gerente es Francesc del Hoyo. Mientras Ajaj deja su material, aprovecho para entrar en la nave e intento hablar con él, pero Francesc no está y ningún trabajador quiere dar su opinión. Salgo y tomo algunas notas. A los 5 minutos Ajaj sale de la nave con el carrito casi vacío. Lo primero que hace al verme es sonreír y enseñarme el ticket que le dan cuando deja el material. “Esta vez 64”, me dice. “64 kilos“. Y se lo compran a 6 céntimos el kilo. Por esos kilos cobrará 3’84 euros y tal vez se ha pasado más de una hora buscando.

No se rinde, el día para él no ha hecho más que empezar. Toca llenar otra vez el carro. Seguirá buscando hasta la tarde y volverá mañana, pasado y el otro. Me despido de él y vuelvo por donde hemos venido intentando reconstruirlo todo. Veo a más “buscadores”, hay muchos y todos comparten lo mismo, todos son muy iguales: buscar chatarra para poder vivir, no queda otra.

Sobre David Muñoz

David Muñoz Menorquín. Periodista a falta de título. Cofundador de elideario.com, emprendedor, tecnoptimista y obsesionado con la productividad. Cuento historias aquí y en mi Blog desde 2010. Estos son mis intereses: #Apple #Periodismo #SocialMedia #Comunicacion #Twitter. Y éstos los sitios dónde me encontrarás: Twitter Facebook Google Plus LinkedIn